De un ensayo misterioso y pagano que explica el sentimiento de ahogo causado por estar encerrado.
El polvo dejado en cada picaporte, cada partícula de grasa, de sudor, de humo, se impregnaba en las manos de todos aquellos que abríamos y cerrabamos las puertas. Por todo el mundo cientos de personas cada día pasaban por cientos de puertas, como una abeja en una flor que fertiliza por error, por necesidad, sin conocerlo. Así en el polem de las manos humanas las puertas hablaban, se mandaban saludos, se quejaban, cuando podían. En una lejana habitación del sur, una idea nació de una puerta y se expandió rumbo al este, luego al norte y al final al oriente. La primera puerta fue pronto destruída, acusandola de subversiva, ardió como la madera a la cual estaban atados, los acusados de la demoníaca inquisición. Pero ya no se pudo parar, ya que no se podían quedar los hombres sin puertas y se convocó la huelga general. Las puertas se hicieron dueñas de su propio destino al decidir quedarse por siempre cerradas. Los pasajeros de los camiones sufrieron la imposibilidad de salir por muchas ventanas, estando tan amontonados, ni se diga en el metro los usuarios. Más drámatica la situación de todos aquellos que tenían en su casa una gran barda electrizada o llena de rejas la entrada. Hubo el desesperado despreocupado de su propiedad privada que derribo la puerta exponiéndose a los ladrones. pero no sufrió por mucho, ya que pronto se decidió reemplazar las puertas recubriendo el picaporte de las nuevas con plástico. Sin embargo aquella gran rebelión dio ejemplo a las ventanas, a las ruedas de los coches, de los aviones, de los trenes, de los camiones, así sucedió durante largo tiempo. Al final, le tocó al hombre rebelarse y como ya todo lo habían cubierto de plastico, no tuvo distinta suerte. Pasaron un par de siglos y hubo quién se dio cuenta que de nada servía que las puertas se abrieran si estaban cubiertas de plastico y en un momento de lúcida desesperación se despojó de su traje para comunicar su mensaje. Cuando los demás vieron al emancipado, se horrorizaron del aspecto desplasticado del paria, le escupieron y lo expulsaron al exilio, muy lejos. Tan distante era la civilización en ese instante que pudo observar por primera vez en su vida como era la vida fuera del plastico. Después de observar la belleza de los árboles y de descubrir que las puertas no eran necesarias, sintió que al menos, había valido la pena su individual rebelión.
jueves, 4 de noviembre de 2010
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